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Las dudas de Boca vienen de arriba

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Después del fracaso en la Copa Libertadores y del rápido naufragio en el Clausura, muchas fueron las especulaciones respecto del plantel de Boca. Sobre su conflictivo presente e incierto futuro. De alguna manera, el equipo, en la cancha, reflejó la desorientación y las dudas que se venían advirtiendo en la conducción del club.

La supuesta renovación que se hace necesaria en el plantel, en la dirigencia ya se dio, sin que todavía se haya consolidado un proyecto ni se haya acertado en la toma de decisiones. Un ciclo exitoso de más de una década, después de un comienzo en el que no faltaron turbulencias, se cerró con el paso al costado programado de Mauricio Macri y la muerte sorpresiva de Pedro Pompilio. De la presidencia se hizo cargo Jorge Amor Ameal, poco habituado, hasta entonces, a convivir con la brasa diaria que es la gestión futbolística de un club como Boca. La inexperiencia lo exponía al error en un cargo en el que constantemente se rinde examen y está bajo continua observación pública.

Amor Ameal quiso abrir su propio camino al relegar a Juan Carlos Crespi y a José Beraldi, dos dirigentes a cargo de los entresijos del fútbol, y pretendió cubrirse las espaldas con la contratación de Carlos Bianchi, que como técnico alcanzó la categoría de prócer, pero novato en la función de director deportivo.

Consumados los malos resultados en la Libertadores y en el Clausura, abundaron las desprolijidades en el manejo de la situación de Carlos Ischia. Por querer respetar la postura principista de que Boca no despide entrenadores, el zafarrancho fue mayor. Por si a alguno le quedaban dudas, el propio Ischia ratificó que lo estaban echando porque él no estaba dispuesto a renunciar.

En medio de esta situación, Bianchi tampoco quedó muy bien parado. El Virrey hizo trascender que daría un portazo si le insistían en que fuera el sucesor de Ischia. Curiosamente, a Bianchi le molestó más este pedido-ruego que quedar desautorizado con el caso Ischia, que públicamente dijo que Bianchi no estaba de acuerdo con el despido resuelto por los dirigentes. Bianchi asumió con el sumo poder en lo futbolístico, además de ser un hombre con el suficiente orgullo para no dejarse arrastrar por otros, y es llamativo que no haya impuesto su convicción en un tema tan de su incumbencia como el del técnico. ¿O será que Bianchi tampoco estaba seguro de la conveniencia de mantener a Ischia, al que no estaba dispuesto a guillotinar públicamente por la vieja relación afectuosa que los une? A veces, es difícil compatibilizar los sentimientos con las responsabilidades profesionales.

Todos estos avatares descubren grietas en la conducción de Boca. Hay mucha gente acostumbrándose a un mundo nuevo. Y los problemas no esperan, están ahí, mordiéndoles los talones.

Fuente: Claudio Mauri de la redacción de LA NACION

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